La política del ataque

©Joel Peter Witkin






















Quien te ataca te hace más fuerte. Este es un secreto largamente guardado por grupos invisibles de sobrios iniciados en la magia. Y no me refiero a ese teatrillo para niños aparcados frente al televisor que es el ilusionismo. Hablo de magia, la verdadera, la única, la que emplean sólo quienes crean su propia vida y el universo en el que viven a su antojo. Esta magia, maquillada con cuentos para dormir, con la cultura hortera de lo pretendidamente esotérico, nos ha sido proscrita y ocultada. Así han procedido ciertos magos en cada época. Se trata de hacer desaparecer todo rastro, toda credencial, toda prueba, para volar libres bajo todos los radares de la razón sin que se les preste ni siquiera la más mínima atención de la curiosidad. Cuando digo razón, me refiero a esa razón absorta de las mentes pacatas y acostumbradas a un mundo creado por otros, y que asumen como dado e inevitable. Esa razón ansiosa por despreciar y ridiculizar para sentirse superior, y a la que por ello se entretiene fácilmente con diversos payasos actuando una brujería de mercadillo, paletos alardeando de ver fantasmas, ángeles o extraterrestres. Esa razón a la que se hace creer que todo lo mágico es estúpido y dictado por la superstición, cuando la magia es resultado de una lógica exquisita, del coraje de razonar hasta las últimas consecuencias. Esa razón que cae en la trampa de lo literal y explicado, y a la que se le arroja la carnaza que se lanzan a devorar mientras los magos escapan a sus espaldas.

Como el diablo, cuya mejor jugada fue hacer que no creyeras en su existencia, la magia es esa bomba escondida dentro del balón con el que todos juegan. De vez en cuando explota. Mueren muchos. Ni rastro del balón. No hay bomba. Hasta el siguiente partido. Y así en todas partes. La humanidad juega todo el tiempo a la ruleta rusa sin saberlo.

La magia no es algo apartado de lo demás, sino que lo conforma todo. Es lo que hace posible incluso que desprecies la magia. Es lo que hace posible que exista para ti una realidad determinada. Es la inteligencia que nos utiliza. Y los magos son quienes la utilizan, aun sabiendo que son utilizados.

Repito el principio mágico: Quien te ataca te hace más fuerte. Si quieres hacerle un favor a alguien, darle un poder que por sí mismo jamás hubiese soñado, atácale con furia, intenta convencer a otros de que también le ataquen, intenta censurarle, subrayar de la forma más visceral posible lo desagradable, estúpido, peligroso e intolerable que te parece.

Sólo determinados magos saben, por ejemplo, que los políticos que suelen salir elegidos en democracia son aquellos que más gente logran poner en su contra. Al conseguir que mucha gente lance una ofensiva desmedida hacia ellos, y que dicha gente parezca organizada y dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de derrocarles o de evitar que salgan elegidos, despiertan a todos sus potenciales defensores que estaban hasta ese momento dormidos. Cuanto más sistemático el ataque, antes surgirá un movimiento masivo de repulsa hacia ese ataque. Gente que se hubiese abstenido de cualquier acción al respecto, con ideas similares a las atacadas, ahora defienden a esos políticos sólo porque no soportan la injusticia del ataque, y quieren dejar bien claro que ellos también existen, y que no sólo quienes atacan primero tienen derecho a hacer ruido, a llamar la atención y demostrar su existencia. Así el arte de ganar poder consiste en la cantidad de ataque que logres atraer hacia ti. No se trata de caer bien, sino de caer lo peor posible. De hecho, los políticos mejor valorados personalmente suelen ser los que peores resultados obtienen. Salvador Dalí dijo: "Lo importante es que hablen de ti, aunque sea bien". El bien es el mal menor.

Pocos tienen el coraje de admitir que su ataque ha reforzado lo atacado. Las personas no quieren pensarse idiotas cuando sienten la fuerza que da creer que están haciendo justicia y luchando por una causa digna. No hay ridículo más insoportable que el de aquellos que enarbolan en un campo de batalla una bandera con orgullo, y se dan cuenta de repente de que ese campo era el plató de un programa de televisión consumido por la masa, y de que la batalla estaba escrita por guionistas para ser interpretada de forma inconsciente por tontos como ellos. Esa potencial vergüenza impide que emerja a la consciencia lo obvio, y sirve a ciertos magos para conservar este baile en secreto fácilmente. Es la vergüenza inconsciente de los engañados la que hace que resulte tan fácil engañarlos. Las manifestaciones refuerzan aquello contra lo que creen dirigirse. Los ataques terroristas, al ser condenados de forma masiva en los medios de comunicación, consiguen su objetivo.  Nuestros pretendidos oponentes son quienes mejor y más trabajan para nosotros. Trabajamos siempre mejor para aquellos a quienes nos oponemos.

Así en magia se considera que si atacas algo o a alguien, deseas darle fuerza, seas o no consciente de ello. Si eres consciente, no hay pudor en reconocerlo, ya que se trata de una estratagema altamente refinada que te hace sentir poderoso e inteligente. A veces también, si eres inconsciente sólo hasta un momento dado, la vergüenza que sentirías se torna, por orgullo, en interés. Al atacarlo, le das poder, pero descubres que ese poder incrementa también tu protagonismo, así que en vez de retirar el ataque y admitir el error, lo incrementas para beneficiarte también tú, intentando provocar el ataque de la otra parte también hacia ti, aparentando que ese era en realidad tu objetivo desde el principio. El monstruo que alimentas entonces, te alimenta. Sois dos monstruos que os apoyáis para sobrevivir por medio de un duelo abierto e impostado.

Siempre que dos bandos aparentemente contrarios, con puntos de vista aparentemente opuestos, monopolicen la atención pública con un cruce de descalificaciones, asistimos a este circo oculto. Crean así una ilusión de falsa elección entre sólo dos opciones, ya que tenderemos de forma natural a tomar partido por una de ellas, ignorando y tomando como marginal todo lo demás, y comenzando así a trabajar para ambas, que son la misma. Como dos locos revolviendo las aguas del río en sendas orillas, gritando para que no te percates de la corriente que pasa entre ambos impertérrita hacia el mar. Todas las revoluciones han consistido en intentar conservar el status quo de la dicotomía, polarizando el movimiento de una orilla a la otra, dando la impresión de efectuar, cada cierto tiempo, un cambio radical del que nosotros, pobres idiotas, creamos formar parte. Cuando lo que hacen es mantener esa lucha abierta para imperar, como una cortina de humo, utilizando esta antigua hipnosis colectiva.

La verdadera revolución está aconteciendo desde siempre, en orden a una inteligencia colectiva y a través de las libres decisiones individuales, silenciosa, inevitable, a pesar de todos los revolucionarios, que lo único que hacen es relentizarla. Los gritos y las luchas son simplemente intentos de conservación. No hay nada más conservador que una revolución, que dos bandos echándose la culpa e insultándose, que los deseos cíclicos de revancha de tontos justicieros atrapados en el péndulo de la ira. Todas esas pataletas ni siquiera son chasquidos en el cosmos. El sistema contra el que creen estar en contra les abarca sin que lo entiendan. Porque el verdadero sistema enfermo consiste precisamente en esa lucha entre el sistema imperante de la época y quienes se venden como contrarios a él. El ilusorio conflicto representado entre dos socios con intereses superficialmente distintos, y con el mismo interés profundo.

Y en cuanto a ti como individuo, aunque creyeras no buscarlo, agradece siempre todo ataque. Si quieres practicar, sin embargo, una magia excelsa, y diferenciarte de quienes emplean la magia para lograr sus cutres fines políticos, no busques ser atacado a costa de no ser honesto, pero sé radicalmente honesto sin que ningún posible ataque te disuada de serlo, o te haga negociar o matizar tu visión. Por el contrario, disfruta del ataque, y comprueba la satisfacción que da ser atacado por quienes ven amenazada, gracias a tus ideas, su jaula. Ellos serán quienes mejor sirvan a tus intereses, quienes más amplificarán tu libre expresión.

Temer ser atacado por tus ideas es como temer el triunfo de las mismas. Quien te ataca, te empuja al escenario. Y estar en el escenario requiere asumir la responsabilidad de vivir esas ideas y las consecuencias de tu libertad. No es la amenaza del ataque lo que suele disuadirnos realmente de expresarnos, sino el miedo a esa responsabilidad. Ejércela hasta las últimas consecuencias, o sé una persona más de las que mueren prudentes y amordazadas, conformando así aquello que más infelices las hace sentir.


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