No hagas méritos (Acumulación de bienes inmateriales 1)

"2001. Una Odisea del Espacio", de Stanley Kubrick



















La experiencia no enseña nada. Si aceptamos que cada situación es única e irrepetible, que las circunstancias dependen de infinitas variables, nunca iguales, y que tú -el creador- eres un continuo cambio, entonces la experiencia no es más que una colección de fotos antiguas que se muestran, con más o menos orgullo, a quien se quiere impresionar o aburrir. Pero la experiencia -leí una vez y lo suscribo- es como un billete de lotería comprado después del sorteo. No sirve. Lo siento.

A los adultos les ha interesado a lo largo de la historia, para mantener el poder, creer que la experiencia, por sí misma, añadía méritos y sabiduría, reforzar esa creencia. Una idea basada en la concepción lineal del tiempo, y en que este además produce un efecto evolutivo sobre cualquier ser humano, haga lo que haga. Y en base a ese absurdo han podido construir otra creencia opresora y muy efectiva: "Cuanto mayor eres más respeto te mereces". Como si la edad de un ser humano fuese más importante que el hecho de ser humano. Programado con tales creencias, es difícil para cualquiera hacerse consciente de la propia imbecilidad con el paso de los años. Es difícil para nosotros, como especie, hacernos conscientes de nuestra propia imbecilidad. Pero es imprescindible que lo hagamos si no queremos extinguirnos. El etólogo Jordi Sabater Pi afirmaba en una entrevista que una de las cualidades que, se dice, diferencian al hombre del resto de animales, es el razonamiento lógico; y sin embargo -añadía- muy pocas personas parecen poseer esta cualidad. Y eso a pesar de toda la "experiencia" acumulada hasta ahora.

Es en el traspaso de conocimientos entre padres e hijos donde se filtran estas creencias de generación en generación, y donde se imponen por vez primera como algo indiscutible. Los padres miedosos, por ejemplo, aconsejan a los hijos en base a sus experiencias negativas. Es decir: disfrazan de consejo un aviso, una amenaza de catástrofe. El razonamiento, si se le puede llamar así, es este: "como yo fui ya por ese camino y conozco sus peligros, o como intenté repetidas veces lo mismo que tú y fracasé siempre, o como tuve las mismas ideas y luego cambié de punto de vista... sólo quiero ahorrarte tiempo, o dolor, o decepción". Pero con ello, inconscientemente, sólo intentan que el hijo no les supere, no les enfrente con sus prejuicios, sus límites mentales, sus rendiciones, asumidas ya como imposibilidades. Gastar tanta energía en hacer creer al otro en determinados peligros o problemas, suele indicar un temor a des-cubrir que esos problemas o peligros son ilusorios. "Si logro que creas en ellos actuarás en consecuencia, y es esa actitud la que verificará que existían. Si logro que te defiendas confirmaré que la amenaza es real".


Los padres miedosos presuponen que todos evolucionamos igual, es decir: como ellos, y que además su propia evolución ya se ha detenido, llegando a su culmen, al máximo de claridad. Han construido para sí mismos una idea del mundo que intentan imponer y perpetuar, para no asumir su miedo y su tristeza. Si la vida de su hijo fuese una muestra de que sus creencias podrían ser erróneas, tendrían que plantearse su vida de nuevo, tendrían que bajar de su pedestal, renunciar a su impuesta jerarquía, y aprender a desaprender, y a aprender también de sus hijos. Pero el miedo no asumido se suele convertir en arrogancia. Hay mucho en juego. Y sin embargo eso que está en juego sería precisamente lo que necesitarían perder. Conscientemente dicen querer lo mejor para sus hijos. Inconscientemente saben que lo mejor para sus hijos sería doloroso para ellos. El inconsciente siempre gana. Así que se defiende.

Pero creo que si queremos que la humanidad evolucione de forma pacífica debemos aprender a iluminar nuestra sombra y, mientras tanto, ser humildes y decidirnos claramente por diferenciar creer y saber. Es generoso avisar de un supuesto peligro a quien amamos para evitar sufrimiento, pero puede ser muy dañino, no creo que sea inocente, y además es inútil. Y no me refiero, lo sabéis, a impedir que el bebé meta los dedos en el enchufe. A veces, al traspasar una experiencia negativa, uno traspasa en ella los propios prejuicios, y programa sin querer al otro, precisamente con las creencias que causaron ese sufrimiento en uno mismo. Las hijas de madres que han estado contando toda la vida lo mal que lo pasaron durante el parto, suelen tener dolores durante el parto. Con los dolores menstruales sucede lo mismo. El inconsciente de la hija asume como verdad universal la experiencia de la madre. Así funcionan las premoniciones que se auto-cumplen: Si acudes a un vidente, confías mucho en él, y te dice que tendrás un accidente... es muy probable que tengas ese accidente. El inconsciente tiende a cumplir las premoniciones en las que confía. Y encima el vidente puede colgarse la medalla y decir: ¡te lo dije!

No te aproveches de la confianza de tus hijos. Tienes un inmenso poder, y del cómo lo utilices depende el futuro de la humanidad. No exagero. No abuses. Impúlsales siempre a creer que ellos sabrán hacer lo que desean hacer. Si tú sientes que fracasaste en ello, confía en que descubrirán lo que tú no descubriste, en que serán más inteligentes y creativos que tú allí donde tú tropezaste, y déjales libertad para evolucionar como deseen, para equivocarse o no a su propia manera, para superarte, o desmarcarse, o alejarse, o acercarse. Y aprende. Vive tu aprendizaje, y confía en el suyo. Porque el suyo dependerá íntimamente del tuyo. 

No importa lo que te haya sucedido, ni las veces que te haya sucedido. Si has intentado algo mil veces y las mil veces ha tenido aparentemente la misma consecuencia negativa, inténtalo mil una si aún lo deseas, inventa formas nuevas de intentarlo, infinitas. Los psicólogos cognitivos hablan de la falacia del jugador. Consiste en creer que si lanzas una moneda al aire y durante varias tiradas seguidas sale cara, entonces existen más probabilidades de que salga cruz. Y lo cierto es que cada vez que lanzas la moneda hay exactamente las mismas probabilidades. Sería igual de absurdo pensar que, habiendo salido cara todas las veces en que se ha intentado, visto lo visto, ¿para qué lanzar la moneda de nuevo si siempre sale cara?. Sin embargo así solemos "razonar" la experiencia. Y siempre es la primera vez. Tú no sabes nunca lo que va a suceder si lo intentas de nuevo. Y por supuesto no sabes lo que va a suceder si es otro quien lo intenta. Sé consciente, además, de que la experiencia personal no es cuestión de suerte, como sólo aparentemente sucede con la moneda, sino que emana de nuestra mente. Y cada mente es única. 

Si la experiencia supusiera un extra de inteligencia, no sucedería lo que, en mi opinión, sucede más habitualmente: que debido a una falta de autoconsciencia, a un miedo cada vez mayor a enfrentar los propios fantasmas, los seres humanos se van encerrando, se vuelven más desconfiados, menos creativos, más desganados a la hora de aprender cosas nuevas, más arrogantes. Es decir: en vez de volverse más sabios, con la edad se vuelven más idiotas. En vez de recuperar la sabiduría innata que nos machacan durante eso que aún llaman "educación", se alejan más y más de ella, mirándola por encima del hombro, y continuando la masacre con sus hijos. La experiencia no sirve. No. Aunque ese valor tan elevado que hoy tiene en el mercado inmaterial impulsa a muchas personas a coleccionar experiencias que parezcan lo más intensas y ricas posibles. Estos coleccionistas compulsivos, asumiendo los valores imperantes, las exhiben como galones, y esperan el reconocimiento y el respeto prometidos a cambio. Pero toda la admiración del mundo no mitiga el miedo más íntimo y antiguo. En el fondo uno sabe que es aún un niño solitario, con las manos vacías, y que no ha ido a ninguna parte.

La acumulación sólo tapa el vacío, pero no lo llena. El vacío queda latente, debajo, en forma de una lejana ansiedad que pide ser tapada y alejada una y otra vez, más y más. Sin saberlo utilizan la "experiencia" como huida de aquello que olvidaron: La unión, la totalidad. Todos los seres y experiencias posibles que cualquier ser humano pueda tener, haya tenido, o tendrá, están ya en uno mismo y nos conforman desde antes de nacer. Llevamos la historia de la humanidad y su futuro en nosotros. Estamos inmersos en el alma que nos contiene y se refleja de diferentes y magníficas formas en nuestros corazones, aparentemente individuales. Por eso no hace falta ser padre o madre materiales para hablar de lo que eso significa. No dejéis que os callen nunca aludiendo a vuestra falta de "experiencia". Todos, seamos hombres o mujeres, somos padres y madres a un mismo tiempo de la humanidad entera. Porque todos sabemos la humanidad que desearíamos que existiera. Y todos somos hijos y, si somos honestos y nos miramos con valentía, sabremos lo que entonces deseábamos. Por eso todos tenemos el derecho de hablar sobre ello, tengamos hijos o no. En esa comprensión, en esa "experiencia" atemporal, no hay historia, no hay historias, y la sabiduría primera está a disposición de cualquier ser, sea cual sea su recorrido en este mundo. Un niño no tiene experiencia, y sin embargo está más cerca de la "experiencia" unitaria, viene de ella. Todos venimos de ella. La sabiduría no consiste en acumular, sino en desaprender para poder recordar. Por lo tanto la sabiduría, en ese sentido, es contraria a eso que llamamos experiencia.

Oliver James, al final de su libro "Te joden vivo", sobre la influencia de la familia en la infancia, cuenta que su mujer acaba de quedarse embarazada y que, por tanto, será padre por primera vez cuando el libro se haya publicado. Y pide: "Si más adelante encontráis un artículo o libro míos que refute cuanto acabo de exponer en esta obra, ignorarlo. Aquí presento la verdad sin adornos, la que sólo puede describir quien todavía no se ha convertido en padre". Esta petición encierra, para mí, una toma de consciencia profunda, y un compromiso con su honestidad como ser humano. Porque claro que podemos ir cambiando de punto de vista, o claro que incluso, aún siendo padre, uno puede conservar intacta su visión y saber llevarla a cabo tranquilamente. Pero el hecho de que al tener hijos se actúe distinto a como antes se sentía justo, no indica que la experiencia te haya iluminado o des-engañado, sino que quizás aún no sabes cómo ser el padre o madre que desearías, debido seguramente a nudos infantiles aún sin enfrentar. La experiencia no desmiente necesariamente. Simplemente puede indicar aquello que necesitas aprender y desarrollar. No justifiques nunca tu miedo al cambio con la ilusoria infalibilidad de la experiencia. Puedes ir aprendiendo a cómo modificar esa experiencia mientras la vives.

Así la experiencia puede ser útil, claro. Pero no por sí misma, sino que depende de tu forma de utilizarla. A mí, por ejemplo, me gusta convertir algunas agradables, y todas las desagradables, en historias iniciáticas que me iluminen. Así las experiencias son utilizadas por mí para aprender, pero no me dan ese aprendizaje. Otra persona, con una experiencia similar, podría haber decidido no aprender nada, o no saber cómo aprender algo de ella, o directamente haberse creado un prejuicio. ¿De qué sirve la experiencia entonces? De lo que tú sepas hacer que sirva. Como todo. Y eso es un arte que, paradójicamente, puede perfeccionarse con el tiempo, o puede atrofiarse, o puede ni siquiera descubrirse ni considerarse, independientemente de la edad o la cantidad de experiencia que se crea tener. Gurdjieff decía que no todas las personas tenían alma, que el alma era algo que muy pocos lograban crearse. La experiencia puede ser inmensa, y tú no saber crear un alma con ella. 

Narrar una experiencia propia puede ser revelador para los demás también. Cuando leo el tarot, por ejemplo, suelo contar alguna si lo siento útil para "el otro" en ese momento. Pero soy consciente de que mi experiencia no es lo que sirve a la otra persona. Lo que sirve, si acaso, es la forma en la que logre esa persona integrar mi experiencia -lo que ella perciba como "mi experiencia"- en la suya. Una experiencia propia es para el que la escucha como un cuento: Es completamente ajena, y a la vez es completamente íntima a veces, si sucede el misterio de la resonancia. "Yo" intento contarla sólo cuando siento que la metáfora que percibo en esa experiencia puede ser sanadora para quien me escucha. Y si alguna vez cuento algo que pueda ser considerado un "fracaso" personal, lo cuento para poder contar también la profunda iluminación que saqué de ello, el "triunfo" en que lo convertí. Pero sólo puedo confiar en mi instinto, y esperar que de alguna forma la persona sepa reconocer esa metáfora en su mundo, y sepa encontrar a través de ella un camino liberador que hasta ese momento no parecía encontrar.

La experiencia es inevitable, pero no garantiza nada. Mejor hacer algo con ella que creer que ella hará algo contigo. Emana de ti. No es algo que te pasa. Es algo que creas para vivir. Y por eso eres tú. Mírala como quien mira un espejo, y entonces servirá de algo. Siempre recuerdo los versos de Lao Tse: "Sin salir de casa puedes conocer el mundo / sólo mirando por la ventana / puedes comprender el sentido del universo / Cuanto más se recorre tanto menos se sabe". En resumen: Un anciano puede seguir siendo un niño mimado y cruel. Un niño puede ser un verdadero sabio. Dejemos, al igual que hicimos con la raza y el sexo, de discriminar por edad. ¿Cómo se pueden llamar "democracia" regímenes en los que no se permite a un niño dar su opinión, por ejemplo? ¿Cómo se puede excluir al niño de la decisión sobre su propia educación? Ellos están heredando el mundo que los adultos, a sus expensas, estamos ahora decidiendo. Ellos también son padres y madres de la humanidad futura. La libertad y felicidad que sepamos hacerles conservar y expandir, será la libertad y felicidad que experimentará el mundo un día. Pronto. Ahora.