29 de septiembre de 2010

La mutación silenciosa

El astrónomo, de Vermeer






















Me sorprende que aún se consideren las huelgas y las manifestaciones como un instrumento de cambio, que algunos se afanen en encumbrarlas como imprescindibles o definitivas. No me gusta quejarme. No es así como actúo en mi vida cuando deseo algo o quiero cambiar algo. No digo que no sea efectiva en ocasiones, dependiendo de lo que cada uno entienda por "efectivo". Algunos niños tratados con poca empatía son muy "efectivos" en sus peticiones: lloran cuando quieren algo que no tienen, patalean, gritan, chantajean, crean una atmósfera lo más incómoda posible, hasta que los papás o los abuelos les dan lo que piden y se callan satisfechos. Mi madre me trató con mucha empatía y creo que nunca fui uno de esos niños, pero aunque lo hubiese sido, esperaría haber aprendido algo desde entonces, haber evolucionado mi inteligencia y ejercitado mi paciencia, haber aprendido a dialogar de forma útil, por ejemplo, o haber desarrollado nuevos y mejores recursos. Porque las cosas que se consiguen mediante la presión son superficiales. La presión hace ceder por miedo, por interés o comodidad, por ahorrarse el presionado más problemas, pero no por convencimiento. Quien te da algo que deseas por la presión que ejerces no te lo da convencido, ni creyendo que hace justicia, te lo da a disgusto y guardando un rencor secreto. Te lo da para que lo dejes en paz, si es que te lo da y no decide continuar el pulso contigo, la guerra. Y los cambios así logrados son delicados, no son firmes ni duraderos, y penden siempre de un hilo muy fino. Así ha sucedido a lo largo de la historia: Se producen cambios superficiales muy aparatosos, pero no hay un cambio de consciencia profundo, por lo que el conflicto siempre permanece latente. El ser humano se empeña en cambiar -muchas veces a la fuerza- el color de las cortinas, alardeando de ello, de todo lo que se juega cada vez que lo hace, como si eso, cambiar el color de las cortinas, fuese a transformar algo esencial en nosotros.

Lo único que ha logrado cualquier revolución política en la historia ha sido forzar el cambio de esas cortinas violentamente, sustituyendo el poder por otro que pronto será considerado también injusto por muchos, y comenzarán así los planes de una nueva revolución, una nueva sustitución, perpetuando la trampa cíclica e hipnótica. Sé que muchos se enfadarán por tal afirmación y pondrán ejemplos de grandes logros que adjudican a los mismos supuestos revolucionarios que se los auto-adjudicaron, y sin embargo muchas de esas personas siguen reivindicando a día de hoy las mismas cosas frente a un distinto disfraz del mismo culpable que dicen haber derrotado. 

Las protestas sólo alimentan la dinámica oculta que, precisamente, conviene a aquellos contra quienes supuestamente se protesta, sean quienes sean. Es quien accede a darte algo quien, gracias a tu petición, tiene el poder sobre ti. Es tu petición infantil la que crea una realidad en la cual eso que otros deben darte no es algo que tú puedas crear por ti mismo. Al pedir a otro lo que creemos que nos corresponde, le damos el poder que reivindicamos y que, al quejarnos, nosotros mismos nos quitamos. Si deseas tener poder sobre otros, lo más rápido y efectivo es lograr que esos otros se victimicen, haciéndote culpable a ti de sus circunstancias.

Hace poco escuché un cuento en el que un discípulo acudía a un maestro desesperado, quejándose por lo mal que iba el mundo, por lo impotente que se sentía. Había estado en grupos de todo tipo, había participado en manifestaciones, había apoyado con su dinero y su tiempo todo tipo de causas que consideraba justas, pero sentía que todo ello se diluía como una gota en un océano que apenas se inmutaba. No sabía qué hacer para ser más efectivo, para tener la sensación de que contribuía a algún cambio significativo. El maestro le sosegó y le dijo: "Mira, si el mundo va mal es porque tu país va mal. Si tu país va mal es porque tu familia va mal. Si tu familia va mal es porque tú vas mal. Si quieres que el mundo cambie deja de intentar cambiarlo y cambia tú".

El famoso precepto de Gandhi siempre me ha guiado: "Conviértete en el cambio que quieres ver en el mundo". Contra cualquier manipulación al respecto, aclaro que cuando suscribo las palabras de alguien, no suscribo necesariamente su vida entera, sus acciones y el resto de su pensamiento, sólo suscribo las palabras entrecomilladas que suscribo al respecto.

Para mí la única revolución pendiente es la de no interponerse en la natural y espontánea evolución. Y la única forma de no interponerse es ocupándose cada cual de su propia transformación, de la creación de su propia vida. La evolución se acelera cuando no hay arrogantes figuras interventoras intentando que los demás vivan como ellas deciden que hay que vivir, coaccionando o moralizando. La única revolución posible, la que todas las supuestas revoluciones atrasan y boicotean, es interior y se está produciendo de uno en uno. La transformación "interna" se manifiesta en transformaciones personales "externas", que se convierten en ejemplos de vida que involuntariamente inducen cambios en "otros". La asociación, si la hay, es una consecuencia de ceñirse a intereses personales compartidos, pero no un medio para imponer esos intereses a quienes no los tienen. No hablo de no hacer nada, al contrario hablo de hacer algo de una puñetera vez, de convertirte en ejemplo y dejar de pedir que otros sean ejemplo de lo que tú no te atreves a serlo. La sociedad no existe, no es un sujeto, es el resultado de la interacción de decisiones individuales. Cuanta más libertad individual, más rápida la evolución colectiva.

La masa crítica necesaria para que una mutación se manifieste es sólo alcanzable de uno en uno. Cuando un número suficiente de personas hayan decidido ocuparse de su cambio, el mundo cambiará de forma radical por contagio, sin necesidad de conflictos y no necesariamente en la forma en la que ninguno de nosotros imaginamos. Por ello esa mutación se prepara desde hace tiempo, gradualmente, de forma subterránea, a punto de hacerse visible en mi opinión, a pesar de que quienes ejercen la queja y el ruido quieran apuntarse el tanto de algo que, inconscientemente, están ralentizando, porque son ellos parte de la ya antigua mentalidad dualista que lo impide desde siempre. Si el mundo está cambiando no es precisamente por ellos. Es más: creo que si sucede otra revolución, habremos perdido esta oportunidad de mutar como seres humanos, y sólo entraríamos en lo que sería un ciclo histórico más en los libros de texto. Con otro disfraz, la misma dinámica de nuevo. Un paso atrás. En ese sentido, las revoluciones políticas son movimientos conservadores.

Personalmente me siento comprometido con la mutación del alma del mundo, de nuestra especie, de nuestra naturaleza. De raíz. Por eso me considero individualista radical. Si algo me parece injusto no protesto, simplemente no participo de ello, suponga lo que me suponga, piensen los demás lo que piensen, y siempre a pesar del miedo. Confío en mi capacidad y no quiero que me salven ni que me sostengan, y no creo que se me deba nada. Como los samurais asumo, respeto y agradezco los contratos que libremente he firmado, y si alguien no me cree necesario, me aparto. Cuando uno entiende la unidad que todos conformamos ya no necesita agruparse para aunar fuerzas. Las fuerzas afines ya están unidas aun sin conocerse entre sí.

Respeto profundamente el derecho a huelga de aquellos que quieran ejercerla, independientemente de lo que a mi me parezca como método o de si decido ejercerlo o no. Pero no creo que se respete igualmente mi derecho, y el de muchos, a no hacer huelga. Y si he decidido escribir sobre ello es porque considero importante comprender cómo se inician los conflictos humanos de cualquier tipo, más allá de las ideas políticas de cada cual. No daré mi opinión acerca de los puntos concretos que  quienes convocan esta huelga esgrimen como razones, ya que eso es irrelevante en cuanto al mecanismo de protesta propiamente dicho. Pero me gustaría utilizar esta huelga como metáfora: En estos días he declarado una y otra vez, a quien me lo ha preguntado, que no la secundaría. Y no han dejado de hacerme llegar panfletos en los que se intenta convencer a quienes no deseamos hacerla de que no existen "excusas" para ser un esquirol y, sin excepción y explícitamente, se pretendía "desmontar" lo que a ellos les interesa presuponer que pensamos todos y cada uno de aquellos que no estamos de acuerdo. Se sigue un esquema de lenguaje manipulador muy utilizado por regímenes totalitarios y por fundamentalistas religiosos. Justamente el germen del mismo tipo de abuso contra el que se quería luchar cuando se crearon las organizaciones que ahora lo cometen, de forma inconsciente quiero creer, y que son precisamente las que convocan la huelga en nombre también de mucha gente que no la deseamos. Es decir: nos utilizan para sus intereses. Lo he llamado el plan de tres puntos:


1. Si se protesta contra una situación, por ejemplo, en vez de facilitar toda la información posible sin intentar dirigir la opinión sobre ella, se facilita una descripción sesgada, y se explica con detalle sólo una determinada interpretación de esa situación y una determinada previsión de sus consecuencias, como si fuese una verdad incontrovertible y no simplemente un punto de vista sobre ello, limitado, como cualquier punto de vista humano.

2. Supongamos que tu interpretación coincide con la que ellos presentan. A continuación se expresa un juicio moral de esa interpretación también como si fuese una verdad absoluta. Es decir: "Está claro que esto es así, que provocará esto, y que esto que provocará además es negativo para todos". Así intentan que te sientas culpable si no luchas contra ello, cuando no un cabrón, un cobarde egoísta o un ignorante mal informado, alguien confundido que necesita ser iluminado por ellos. Sin entender que algunas de las razones por las que convocan una huelga, para otras personas igualmente implicadas puedan ser precisamente razones para no hacerla, que lo que uno percibe como "malo", puede ser percibido como "bueno" por otra persona que, curiosamente, incluso tenga los mismos intereses que las personas que la convocaron. 

3. Supongamos que además de hacer la misma interpretación, también haces el mismo juicio moral y piensas que las consecuencias previstas son negativas. A continuación lo rematan presentando la huelga como el único instrumento frente a ello. Además se subraya el esfuerzo que costó lograr tener ese derecho, apelando así de nuevo a la culpabilidad, como si eso lo convirtiera no sólo en único recurso, sino en ineludible para todo aquel que se considere honesto y comprometido. Al llegar aquí, por arte de magia negra, han logrado convertir un derecho en una obligación. Sin reparar tampoco en que para otros, en un momento determinado, ese medio puede ser contraproducente justamente para lograr lo que ellos dicen querer lograr.


Y no sólo se detienen en este plan. Sino que, para adelantarse y justificar cualquier posible fracaso, aclaran de antemano que mucha gente no hará la huelga por miedo a perder sus puestos de trabajo, o por cualquier otro tipo de presión económica por parte del empresario o del poder de turno, sin ser conscientes al parecer de que la esencia del piquete, o de todo este discurso al que me he referido, es conseguir lo que ellos mismos denuncian: presionar a quien ha decidido no secundar la huelga, disuadirlo, muchas veces con insultos o amenazas, cuando no a la fuerza. ¿Cómo luchar contra una manera de hacer las cosas utilizando esa misma manera? La violencia nunca desarmará a la violencia. Si hubiese verdadero respeto por todas los puntos de vista, los piquetes no existirían. Quien quisiera hacer huelga la haría, de forma silenciosa y pacífica. Los gritos no cambian nada. Nunca.

Ahora recuerdo otro cuento de la tradición Zen que Alejandro Jodorowsky siempre solía contar: Una montaña proyecta sobre un pueblo una sombra continua, y la falta de sol hace que la gente enferme y los niños nazcan raquíticos. Un día, el más anciano del pueblo, coge una cucharita y se dirige hacia la montaña. Al verle alguien le pregunta a dónde se dirige. Y el anciano contesta: "¡A mover la montaña!". "¡Es imposible!", le dicen todos. "Nunca lograrás mover una montaña con eso". Y el anciano contesta: "Lo sé. Pero alguien tiene que empezar".

Este cuento ilustra para mí el profundo respeto ligado a la profunda responsabilidad. El anciano sabe que para cambiar algo debe antes cambiar él mismo. Se convierte así en un ejemplo, mostrando un posible camino, pero no intenta convencer a nadie ni agruparse con nadie, ni presupone que su manera de hacerlo es la mejor manera de hacerlo. Es su visión personal, y actúa. No se queja tampoco. Es consciente de su responsabilidad y se lanza a ejercerla. Humildemente se dirige a la montaña sin juzgar a los que le miran incrédulos y no hacen lo mismo.

No creo en la protesta por lo que falta, sino en inventar la forma de crear lo que falta. No creo en la queja por lo que hay, sino en asumir mi parte de responsabilidad en lo que hay, para transformarlo en mí. No creo en la petición, sino en el ofrecimiento. No creo en la verdad, sino en la autenticidad. No creo en el hacer para ser, sino en el ser que materializa inevitablemente lo que en sí mismo es. No creo en los que gritan en contra de la guerra, creo en los que no están en guerra contra el mundo, contra nadie.

Me declaro así oveja negra y esquirol universal. En última instancia, pague quien me pague, no siento que trabaje para nadie, ni que trabaje por dinero, ni que "trabaje" siquiera según el sentido etimológico de la palabra (parte de un aparato de tortura), sino que trabajo para los que quiero, para el mundo entero, para el futuro de la humanidad. Amo cada cosa que hago, aunque pueda parecer nimia y banal, y no pienso dejar de hacerla ni un sólo día pese a quien pese. Y creo que, si cada uno trabajara con vocación de servicio, no habría nada contra lo que protestar, porque el instrumento de cambio sería precisamente nuestra labor alegre y constante, y no el cese puntual de esa actividad como castigo a no se sabe qué ente abstracto que creemos ajeno, un castigo que nos infligimos a nosotros mismos. Como afirmó el Dalai Lama cuando fue expulsado del Tibet y le recriminaban no hacer nada porque no respondía a los ataques: "El camino de la no violencia es muy largo". Para mí no es largo, es instantáneo y poderoso. Leo Tolstoy escribió: "Todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo". Y yo escribí: "Uno vive en el mundo que uno es".


Si Fueses Pájaro Lo Entenderías: