El arte de no educar

A. S. Neill con un alumno de Summerhill.
De igual a igual. De sabiduría a sabiduría










"No educamos a nuestros hijos para que sean felices. Les educamos para que no nos molesten" (A. S. Neill)





Se exige un respeto por parte del alumno hacia el profesor. Pero no se exige ese respeto a la inversa. Y esa es una gran falta de respeto del sistema educativo entero hacia la infancia. Se llama educación, como dice Claudio Naranjo, a la "imposición forzada de conocimientos". Y yo añadiría: a la imposición forzada de "educación". A los niños, normalmente, se les obliga a ir donde no quieren ir, a estar en ese lugar como no quieren estar, a escuchar aburridos y reprimir el sopor, a aprender de memoria aquello que no les interesa, a mal utilizar su cerebro. Y además se impone un ritmo y un criterio uniforme, sin tener en cuenta las cualidades únicas de cada individuo. Sus vidas están condicionadas por una obligación continua. Sólo faltaría que les atasen a la silla y les alimentaran con una sonda.

Y sin embargo la mayor parte de los profesores ahora se quejan de que el niño tiene más derechos que ellos. Se sienten avasallados, los pobres niñitos fingiendo ser adultos, fingiendo ser más maduros que los seres que están llamados a "formar". En vez de ser conscientes del abuso que supone, en sí misma, la situación de los niños, se quejan de su pérdida de poder. En vez de comenzar por pedir disculpas, por ser cómplices del niño y no del sistema, piden lloriqueando que se ate en corto a los alumnos para que no molesten. Como si el respeto fuese algo que se pudiera comprar en el supermercado, o algo que estuviese subvencionado y que los "menores" tuviesen la obligación de sentir. A mí no me extraña la rebeldía creciente en las aulas. Y me parece saludable para aquellos que se rebelan. Aunque a veces causen algún tipo de daño no es nada comparado con todo el dolor inconsciente acumulado generación tras generación, con la injusticia de la que han sido víctimas debido al afán de control de los seres auto-denominados "adultos". No creo que un niño deba ser tratado como un idiota por el mero hecho de que nosotros hayamos sido tratados como tales. Siento que deberíamos permitir que la evolución se manifieste, y no intentar por orgullo o venganza, por no admitir nuestras trampas y nuestras heridas, que se perpetúe el mismo estado de las cosas.

Digamos que, a un nivel simbólico y profundo, al intentar "educar" a un ser humano, uno siempre debe decidir entre padres o hijos, entre la tradición o lo des-conocido, entre la cobardía o el valor, entre el control o la confianza, la repetición o la creatividad, entre "educar" o atreverse a no educar. Lo mejor siempre está por venir si así lo decidimos. La naturaleza aprende pese a quien pese, y a pesar de la moral, la cultura, y otros inventos preventivos.

Al parecer, los descubrimientos científicos tardan de media unos 30 años en aplicarse, en tener una repercusión concreta en la sociedad. La inmensa mayoría de los "educadores" no conocen lo que la ciencia sabe acerca del proceso cognitivo desde hace muchos años. Y los pocos que se interesan por ello a título personal no saben cómo aplicar ese conocimiento porque, para empezar, eso les exigiría re-educarse a sí mismos, cosa que requiere un coraje aún fuera de lo común.

Ante tal incompetencia, el profesorado y los padres tendrían, en mi opinión, que asumir toda la responsabilidad de cuanto suceda hoy día en las escuelas, y ponerse a disposición de hijos y alumnos para indemnizarles por ello, para restablecer el intercambio equitativo y justo entre individuos libres, para hacer justicia al niño que también llevan consigo, olvidado y despreciado. Quien no admite una equivocación, pidiendo disculpas y haciéndose responsable, pierde todo el respeto de cualquier víctima de esa equivocación. En toda relación, si nos interesa de verdad solucionar un conflicto, debemos comenzar por des-cubrir qué parte de ese conflicto depende de nosotros: ¿Qué hago "yo" para no contar con tu respeto? ¿Qué hago para no ser considerado un maestro? ¿Qué hago para que "tú" no reconozcas autoridad alguna en mí? ¿Qué hago para no saber cómo hacer que des-cubras la luz que hay en tí, en vez de provocar que estés luchando conmigo continuamente? ¿Qué lamento, qué queja, qué reproche me niego a escuchar? ¿Qué no quiero enfrentar, obligándote a que tú lo hagas por mí? ¿Qué me niego a aprender de ti? ¿A qué parte de mí en ti tengo tanto miedo? ¿Qué no abrazo en ti para no tener que abrazarlo en mí? ¿Qué no te estoy agradeciendo?

El sistema educativo está estallando en nuestras narices, y es urgente una mutación en nuestra forma de crear el mundo. Si no queremos desaparecer como especie creo que debemos empezar por permitir que se aprenda lo aún no aprendido, y eso solo es posible si dejamos de pretender enseñar algo. Así que la falta de respeto de muchos alumnos puede señalarnos, si queremos, que es preciso darse cuenta de una vez por todas que la edad y la experiencia por sí mismas no nos dan nada, que la sabiduría se manifiesta en todos los seres, de distintas e infinitas formas, y que no tiene nada que ver con la erudición, que lo que recibimos de los "demás" es un reflejo directo de lo que damos, que nadie consiente ser obligado a aprender, y menos a hacerlo de quien le obligan a hacerlo, que todo aprendiz necesita ser reconocido como maestro y que, por tanto, el primer paso para recuperar la autoridad es aprender a cederla, es aprender a aprender de quien aprende de ti.

Un rol sólo es útil cuando se interpreta, como en una función teatral, de forma voluntaria y consciente. Un maestro se pide, no se impone. Un discípulo te busca, no se apresa. Los roles que jugamos son posteriores al respeto primigenio, y no anteriores. Antes de vivir un rol de forma sana debe existir la visión de unidad. Es decir, para empezar: No hay profesores ni alumnos. No hay niños ni adultos. Hay seres humanos. Viviendo juntos. Relacionándose.


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