La eterna respuesta

Mirada de Apollinaire






















El buscador se esconde a sí mismo lo que busca. Al entender la felicidad, la plenitud, como un fín vital, inconscientemente uno se la niega para poder seguir disfrutando del viaje, del "proceso". En el fondo existe una angustia ante la dicha, que es la angustia ante la muerte. En dos sentidos:

La dicha supone una disolución del ego en el misterio, un abandonar las riendas conceptuales, y eso es vivido como una muerte. Creo no poder abandonarme a la felicidad que soy sin saber quién y a qué se abandona. Como todo vértigo... parte de un deseo de controlar lo incontrolable, y de un intenso deseo hacia aquello que no se controla. Como en ese bello poema de Apollinaire:

   Acercaos al borde, les dijo.
   Tenemos miedo, respondieron.
   Acercaos al borde, les dijo.
   Se acercaron, él los empujó…
   y salieron volando.


Y por otra parte, si mi objetivo en la vida es "ser feliz" entonces, si me siento feliz, mi vida está ya cumplida. Ya sólo queda morir, piensa mi inconsciente, porque cree que no encontraría nada más elevado que le impulsara hacia delante. ¿Qué hay más allá de la felicidad? Y sin embargo la felicidad es sólo el principio, el requisito indispensable para empezar a vivir. Así la humanidad aún no está viva. Aún es un gusano que se retuerce tontamente, da rodeos, aplazando el gozo del vuelo con todo tipo de auto-sabotajes. Con las puertas abiertas de par en par gritan pidiendo libertad.

Esa masa informe de los llamados "libros de auto-ayuda" cada vez ocupa más estantes en las librerías. Se comercia con técnicas innumerables para alcanzar la felicidad, cuando la felicidad no es algo que se pueda alcanzar. No está en otra parte distinta a la que ahora mismo estás. Es lo que eres allá donde vayas, seas quien seas. La decisión firme y profunda de aceptar esto como verdad lo convierte automáticamente en verdad, y te hace descubrir la felicidad. Te hace des-cubrirte.

Todo método nace en el intelecto, y el intelecto es, precisamente, el problema en este caso. Muchas personas me piden una y otra vez que les recomiende libros o terapias que puedan ayudarles. Cuando esto se repite siempre les contesto lo mismo: Lo que te recomiendo es que no leas absolutamente nada, y que no vayas a ninguna terapia. Haz algo muy sencillo con todo ese tiempo y dinero: Empléalo en hacer lo que más te apasiona hacer, o aquello que siempre has querido hacer y nunca has hecho. Y estarás contigo. O mejor aún: No hagas absolutamente nada. Y te darás de bruces contigo. Los libros y cualquier otra experiencia son espejos, pero si los tomas como si contubieran algo que a ti te falta, si crees que la solución está en alguna parte fuera de ti, entonces jamás la hallarás.

Si quieres ser feliz de una vez por todas puedes darte cuenta de que estás vivo ahora, que puedes leer esto e, incluso, ponerlo en duda. Pero puedes hacerlo porque estás vivo. Los programas enfermos que han implantado en ti te llevarán, seguramente, a decir con incredulidad que no es tan fácil, sin saber siquiera de qué estás hablando, sin pararte de verdad, con todo tu corazón, a observar el milagro que eres, el milagro de que seas precisamente de la forma en que eres. Ser feliz es muy fácil. Quizás lo más fácil que un ser humano puede hacer. Te lo aseguro. Al menos más fácil que colgar unos toalleros, o quitar el plástico de un CD recién comprado. No hacen falta libros ni terapias. Sólo dejar de comparar. El único impedimento son tus propias creencias sobre lo que es fácil, sobre lo que significa que algo sea fácil. ¿Cuánto tiempo más vas a sostener tales creencias? ¿Cuánto tiempo más vas a estar recordando, regodeándote en aquel daño que sentías que te hacían, o en aquel accidente, o en aquella pérdida, para tener la excusa que te permita perpetuar tu identidad de víctima? ¿Cuánto tiempo más vas a hacértelo complicado, vas a inventar todos esos problemas para poder tener siempre algo pendiente de resolver? ¿A qué tienes miedo? Como dice Krishnamurti: "¿A equivocarte? Bueno... Tu vida, ahora mismo, es un completo error". Puedes abrir la puerta cuando quieras. Sólo alargando la mano. Y enmendar ese error, suceda lo que suceda.

Cuando uno no está dispuesto a borrar sus creencias, o a reemplazarlas por otras que le sean más útiles, que le hagan la vida más agradable, aquello que desea profundamente se aplaza de forma compulsiva. Para ello se utilizan tres técnicas principales, reforzadas constantemente por el miedo de "los otros", en cada conversación, en cada forma de vivir, en cada encuentro:


1. Convertir lo deseado en una utopía. Es decir, definirlo como algo imposible. Simplemente un ideal "bonito". De tal forma que no se pueda hablar de ello en serio sin que nos parezca cursi, romántico, o un cuento de hadas para niños y niñas tontas.

2. Darse a sí mismo un premio de consolación. Asumir, por ejemplo, que la felicidad no existe, que sólo existen "instantes de felicidad". Confundiendo así la felicidad con un estado de ánimo. La ciencia, ahora muy entregada al estudio de aquello que nos hace felices, afirma que la felicidad constante no existe; pero a mi entender ellos están enfocándose, según las encuestas que he leído, en lo que podríamos llamar "alegría" o "bienestar". Sin embargo la felicidad, lo que "yo" entiendo como tal, cuando se des-cubre ya no tiene vuelta atrás. Es para siempre o no es. Uno no puede ver lo que hay detrás de la puerta y fingir que no lo ha visto. Y esta visión profunda está más allá de todo estado de ánimo, y a la vez es compatible con cualquiera.

3. Relacionar lo deseado con una respuesta. Se inventa una incógnita, una pregunta que es necesario responder para acceder a ello. ¿Quién soy?, por ejemplo. ¡Para ser feliz antes debo saber quién soy "yo"! Y como esto es imposible de saber... ahí tenemos la excusa infalible para no ser felices.


¿Quién soy "yo"? ¿Quién eres "tú"? Muchos místicos y gurús afirman que esta es la pregunta más importante que uno puede hacerse. Y "yo" digo que es la pregunta más tonta. La identidad es sólo una ilusión creada en nuestro cerebro. Y nuestro cerebro está cambiando constantemente. La verdad es distinta a cada instante. Es cierto que es importante y apasionante eso que llamamos "auto-conocimiento", siempre y cuando entendamos que lo único que es posible conocer es cómo, más o menos, opera ese cambio en cada uno de nosotros, para así favorecerlo en un sentido que sintamos bello y positivo. Para así dirigir la eterna construcción de nuestra alma. Decir que me conozco es aprisionarme. Decir que te conozco es faltarte al respeto. Alejandro Jodorowsky siempre lo ha expresado de forma justa y plena para mí: "No puedo saber quién eres tú. No puedo saber quién soy yo. Pero puedo conocer nuestra relación". Lo que tú y yo construímos... ¿Es sano? ¿Es bello para nosotros? Esto es lo único importante. Sin conceptos. El hecho. Desnudo. Lo que es. Lo que sea bueno para nosotros es bueno para el mundo. No podemos saberlo. Sólo podemos sentirlo.

Y si en vez de preguntar "quién" preguntas "qué" soy "yo", entonces te diría que esa respuesta no existe. Eres lo que todos somos. Y eso que todos somos es innombrable, inabarcable, inconcebible. Así que no pierdas el tiempo. Lo experimentarás cuando sientas la felicidad que habita en ti desde que naciste. Y no podrás hablar de ello.

Según mi sentir, si puede servirte de algo, sólo existe una pregunta útil al respecto: ¿Qué no soy "yo"? No sabes qué te gusta, pero sabes lo que no te gusta. ¡No hagas lo que no te gusta ahora! Lo que te gusta es cambiante. Déjate libertad. No te limites. No te definas. Porque, para empezar, "tú" no eres ni siquiera ese "yo". Gurdjieff afirmaba que no nacíamos con alma, que muy pocas personas lograban construirse una. Eres el creador de tu alma. No hay nada que "tú" no seas. Todo cuanto puedas imaginar sólo está en un lugar: en tí. Infinitas posibilidades. Elige. No busques. Encuentra. Crea. Picasso dijo: "Yo no busco. Encuentro". Mi mayor dicha es poder decir hoy: Al fin no sé quién soy. Qué maravilla. Qué libertad. Qué tranquilidad.