Cuando duele


Dolor. Mucho dolor. Como decía el maestro zen: "Cuando duele, duele". No me apetecía dormir. Quería enfrentarme a todo este dolor. No hay esperanza. No hay expectativa. No hay pócima que lo remedie, porque no es algo a remediar. Eso es lo maravilloso del dolor. Uno no tiene que buscar soluciones. Uno no puede rebelarse sin sentirlo aún más hiriente, no puede luchar contra él sin volverle más y más poderoso. Toda energía empleada en tapar el dolor se vuelve contra quien la emplea. Al huir de él te aferras a él, convirtiéndolo en algo mudo y profundo. Uno sólo puede invitarle a pasar, tratarle como al mejor de los huéspedes, y despedirlo agradecido cuando decida marcharse; porque sólo entonces habrá cumplido su función, la sepamos sentir o no. El mayor acto alquímico frente al dolor, la forma más rápida de transformarlo en luz, es aceptarlo plenamente, saber danzar y colaborar con lo inevitable. Cuando duele, duele. Sin explicaciones. Sin conclusiones. Sin culpables. Sin consuelos. Ese es, misteriosamente, el final del dolor.