Tu media naranja eres tú






















Ninguna persona, nunca, puede ser la media naranja de otra. Ya basta. Utilizar al otro para completarnos es eso: utilizar al otro. Es decir: no amarlo.

La interpretación superficial del mito de Aristófanes está tan profundamente grabada en el inconsciente colectivo, que la mayor parte de los seres humanos siente una angustiosa carencia emocional interna. Creen que son sólo mitades que deben encontrar su otra mitad para completarse, para ser felices. Por eso hemos convertido el hecho de vivir en pareja en un fin en sí mismo. No tenerla supone, aún hoy, una tara social. Se suele preguntar si tienes pareja como quien pregunta si tienes un lugar donde dormir, o un trozo de pan que llevarte a la boca. Tener pareja parece ser un alivio, un punto de llegada, o un anhelo siempre latente.

Y sin embargo sólo si se renuncia a tal búsqueda se encuentra uno consigo mismo. El andrógino es algo a realizar dentro de nosotros, sin utilizar a nadie para ello. Sólo el ser realizado puede amar libremente, compartir sin querer atar ni poseer, sin miedo a perder, respetando la individualidad del otro. No puedes amar lo que necesitas. Sólo puedes amar lo que no necesitas. Sólo desde esa libertad. Entonces uno no vuelve a "tener" pareja, sino que podrá, si sucede, "formar" una pareja con otro ser realizado, mientras quieran ambos que así sea. Sin utilizarse. Sabiendo que sólo el gozo de amar les une, y que podrían estar perfectamente el uno sin el otro, o sin pareja, sin que su felicidad, profunda, se vea afectada lo más mínimo.

Hace poco me enteré de una historia, que interpretada como un sueño -¿qué no lo es?-, como una metáfora, ilustra bien las consecuencias de aceptar este mito enfermo. Mi amada Ekaterina Gordeeva comenzó a patinar en pareja junto a Sergei Grinkov. Ambos tenían alrededor de 10 y 14 años respectivamente. Poco a poco fueron ganando campeonato tras campeonato. Fueron considerados una de las mejores parejas de todos los tiempos, y se hicieron mundialmente famosos. Se casaron y tuvieron una hija. Se decía de ellos que desprendían amor, que sus corazones latían a la vez, que eran "uno". Habían sido inseparables desde niños, y cuando aconteció el romance el inconsciente colectivo actuó, exaltándolos como paradigma de pareja perfecta. Para muchos lo eran, de ahí parte de su fama mundial. Hicieron de ellos un icono, un modelo a seguir. Y un día, durante unos ensayos, Sergei, mientras sujetaba en el aire a Ekaterina, se desmayó y murió. Su corazón se había parado con 28 años.

Así sucede en las parejas que se empeñan en ser "uno". Querer formar una unidad con otra persona es una profunda falta de respeto hacia la individualidad. Todo corazón es único e irrepetible. Ninguno late igual. Y cuando se pretende que dos corazones sean uno, lo que "realmente" sucede es que uno de los dos corazones se sacrifica por el otro, intenta ajustarse al ritmo del otro, y deja de ser quién es. Renuncia a su propio latido. Muere.

Después del duelo, de alguna manera, Ekaterina entendió que debía volver a patinar a pesar del miedo que tenía a hacerlo sola. Debía realizar el andrógino en ella, sin tener a Sergei a su lado. Dijo que no sabía cómo haría, qué él siempre había estado allí, llevándola, recogiéndola, sosteniéndola, acompañándola. Seguramente cerró los ojos y le sintió dentro de ella, le incorporó, y se completó a sí misma. Y así convirtió la muerte del ser que amaba en una llave mágica. Metafóricamente podemos decir que él se sacrificó para que ella se realizara como individuo. Y naciera.