Gracias por el golpe






















Se suelen maldecir los accidentes. Y sin embargo traen siempre mensajes secretos, avisos decisivos. La "realidad" es creada continuamente por nosotros, en base a algo des-conocido, a algo que nos lleva de forma misteriosa, si, pero por nosotros. Entonces... ¿qué quiero decirme a mí mismo cuando tengo un accidente, o tropiezo, o me golpeo, o me corto con el cuchillo de la cocina?

Si uno presta atención, si está completamente presente en el ahora, siente una paz infinita en su "interior", una luz cálida que todo lo traspasa, una sensación de absoluta perfección. Sea lo que sea lo que esté haciendo, uno está donde está. La vida entonces danza y, en secreto, todo está realizado desde siempre. Ya no hay lugar al que ir, ni meta que alcanzar, ni compromisos, ni fechas, ni prisa. Cada movimiento es limpio, justo, y preciso. Sin mente. Sin tiempo. Sin espacio donde tropezar, somos uno con el aire y las cosas.

Los grandes y pequeños accidentes son, así, llamadas de atención a nuestra falta de atención. El universo dice: ¡Fíjate! ¡Despierta! ¡Estás aquí! ¡No hay otro lugar en el que puedas estar! ¡Ocúpate de lo que existe aquí, ahora, de este mundo que estás creando en este instante! ¡No hay otro! Así el accidente se transforma en un regalo. Y en vez de decir: ¡Mierda, joder!, cerramos los ojos y miramos, y comprendemos, y bendecimos la herida por lo que viene a recordarnos.

Con las enfermedades sucede igual. El cuerpo enferma para gritarnos lo que no hemos escuchado. Alejandro Jodorowsky nos dijo un día que la enfermedad es falta de belleza, que uno debe preguntarse en qué parte de su vida falta belleza para poder sanar. Me pareció bella la forma de decirlo, y la hice mía. La enfermedad vendría a ponernos sobre aviso. Al fin y al cabo nuestro cuerpo no existe fuera de nuestra mente. Nada existe. Nada de lo que percibimos, de lo que creemos que existe. Lo que existe no lo sabemos. Pero ese cuerpo, esa enfermedad, está sólo en tu mente. Nuestro cuerpo se comporta conforme a lo que creemos que es. Si nos creemos bellos, lo somos. Si nuestra percepción sana, si encontramos la belleza que nos boicoteamos, el cuerpo sana también. No hay separación.

Mírate. Mira tus manos, tus brazos, tus piernas, tu vientre, tu rostro... mira tu mirada en el espejo. Si estás sano agradece al universo tu existencia. Siempre es un milagro existir, estar aquí, de esta forma única e irrepetible en la que estás. Si estás enfermo, agradece la enfermedad, danza con ella, invítala, como al diablo, a sentarse contigo frente a frente, y a decirte qué viene a enseñarte. Luego, elegante, la despides. Si crees que vas a morir, si tienes miedo, agradece estar en el filo de la navaja, consciente de que lo estás, consciente del viaje que quizás emprendas. Pocos tienen la oportunidad de realizar ese viaje conscientemente, y sin embargo todos lo haremos. Piensa que la muerte no es lo importante, lo importante es lo que hagas con ella, cómo hagas desaparecer tu identidad, cómo te disuelvas en el misterio. Y recuerda que el milagro es la naturaleza misma del cosmos, y que lo imposible es sólo un concepto inventado por las mentes que se rinden. Pero suceda lo que suceda, recuerda que lo que somos es inmortal, y que lo que una vez sucede sucede para siempre.

Y claro que es fácil decirlo, quizás. Pero que algo sea fácil no lo hace menos importante, y no me impide hacerlo. A veces sentimos vergüenza de la facilidad. Y nos resulta difícil decir lo fácil de decir, lo decisivo. Si me espero a tener una enfermedad grave, o a estar muerto, para decir lo que acabo de decir, estaría pidiendo permiso para decirlo. Y nunca lo hago. O podría suceder, como muchas veces sucede, que enfermara sólo para sentir que tengo el derecho a decirlo. Quizás decirlo es mi medicina preventiva. Quizás lo que callas es lo que te enferma. Si es así... ¡No te calles!