No saber

Risa de Antonio Porchia






















Contradecirse sin miedo, sin vergüenza, es un síntoma de salud mental. Cuando el intelecto no nos domina, actuando de policía interno, impidiendo que expresemos el cambio continuo que somos, uno debe muchas veces contradecirse si quiere ser honesto y fiel a sí mismo en cada instante. A veces nos dicen, con un tono de decepción: "Cómo has cambiado". Y deberíamos contestar: "¡Gracias!".

Por ese miedo al inevitable cambio, por ese afán de creer que uno anda por terreno conocido cuando todo es, por naturaleza, siempre des-conocido, por ese querer resistirse al abismo, la mayor parte de las personas, aún, prefieren percibir la contradicción como un defecto, un síntoma de no ser sincero, de no ser íntegro, algo que vigilar en los demás y en uno mismo. De hecho se dice "caer" en una contradicción. Cuando lo que sucede es que uno se eleva en una contradicción, o más bien se traslada, o cambia de nivel de consciencia o punto de vista.

Como "tú", soy absolutamente libre para contradecirme. Ya no soy el que hablaba ayer, ni siquiera el que hablaba hace un minuto, ni el que empezó a escribir esta frase. Mis palabras de ahora no pueden compararse con ningunas. Porque el que habla ahora sólo existe ahora, y jamás dijo nada antes.

También las mismas palabras, en diferentes momentos, pueden decir cosas opuestas. Y palabras opuestas pueden decir lo mismo. La persona que escucha sólo tus palabras no te escucha. Y quien sólo busca entender, jamás comprende.

Lo más habitual es que no nos escuchemos entre nosotros, y entonces percibimos contradicción donde en "realidad" subyace una profunda unidad, irrebatible y completa. Todo puede ser cierto a un determinado nivel, y a otro nivel ser cierto lo contrario. Puedo saber, a cierto nivel, que dios no existe, que sólo es una proyección de nuestro ego idiota; y puedo saber, a otro nivel, que Dios es quien escribe y quien lee esta entrada. Puedo saber, a cierto nivel, que cada persona es única e irrepetible; y puedo saber, a otro nivel, que todos somos lo mismo.

Puede ser cierto, por ejemplo, a cierto nivel, como hablábamos antes, que uno es fruto del pasado. Y sin embargo, a otro nivel, eso no es así en absoluto. Porque sólo es fruto del pasado la personalidad, la máscara que hemos ido construyendo. Pero esa máscara puede caer para siempre, de una vez por todas, por arte de magia. Y nunca mejor dicho: Por "arte de magia". En eso, simplemente, consiste eso que llaman en muchas tradiciones "iluminación". Uno se con-vierte en lo que es, en lo que todos somos. Puro instante. Y ya no hace nada, sino que permite que todo se haga a través suya. Ya no sabe nada, sino que permite que el saber se sirva de su "persona". Los conocimientos, la cultura, dejan de tener sentido en sí mismos, porque todo es siempre por primera vez, y eterno. Como en esa bella "voz" de mi querido Antonio Porchia:

   El no saber hacer supo hacer a Dios.
   
Eso es el arte para mí. Eso es la vida para mí.