Maestros



Cuando nos enfadamos con alguien se abre una puerta en nuestro interior, una puerta que conduce a un lugar insospechado en nosotros, un lugar que debemos conquistar para enfrentarnos de lleno con lo que somos. 

Uno siempre se enfada consigo mismo, con esa parte suya con la que está en pie de guerra. "El otro" siempre eres "tú". Si aceptas en ese "otro" lo que te enfada, si aprendes también a amarlo, a comprenderlo, entonces des-cubres que al enfadarte sólo te escondías de ti mismo. El enfado, en el fondo, es un acto altivo en el que uno se pone a sí mismo por encima de la persona con quien se enfada. Para huir. Para diferenciarse. Para sentirse ajeno y superior a lo que detesta.

Puedes quejarte, desahogarte, expresar tu enfado, tu indignación, insultar incluso, patalear, escupir todo el veneno que desees hasta que la herida quede aparentemente limpia. Es una opción, y desde cierto nivel de conciencia, a veces, es necesario. Porque es más saludable que callar o disimular. Aunque lo es sólo hasta cierto punto, porque a veces esta actitud causa adicción, y uno construye un orgullo tonto, un disfraz de falsa valentía, y queda estancado en la negatividad, en la permanante lucha.

Pero también puedes respirar hondo, hasta lo más profundo de tu miedo, de ese abismo de tu ombligo, cerrar los ojos, y ver qué viene a decirte ese enfado acerca de ti mismo. ¡Voilà! Desde esa humildad siempre se halla un tesoro. Uno no puede controlar lo que "el otro" hace o deja de hacer. Lo único que puede decidir es qué hace ante ello. Y si aprendemos a utilizarlo a nuestro favor, des-cubriremos a un maestro detrás de todo aquel que despierte nuestro enfado.

Yo agradezco profundamente mi encuentro con todas las personas con las que me he enfadado en mi vida. Gracias a ellas aprendí a hacer las paces conmigo.