Cofres vacíos. Álbumes quemados.

©Gregory Colbert
















Varias personas me han dicho últimamente que, a veces, cuando tienen un buen recuerdo de alguien, prefieren no volver a ver a esa persona, no arriesgarse así, dicen, a estropear ese recuerdo. Entonces, dándose cuenta o no, renuncian también a profundizar, a construir algo aún más bello que aquello con lo que se conforman.

Y es que aún nos mantenemos presos a nosotros mismos dentro de los muros de esta educación tonta y caduca, basada en aprender datos de memoria, en refranes enfermos, y en la absurda experiencia, que no sirve de mucho, de nada, ya que todo es único e irrepetible. Competir. Lograr. Proteger. Sacrificar. Heredar creencias para sentirnos seguros. Respetar los límites mentales de nuestros padres para no sentir que les traicionamos. Tomar lo "malo" como inevitable, como desgracia. Tomar lo "bueno" como un golpe de suerte, o como lo mejor de lo que somos capaces. "Virgencita, que me quede como esté". La ley venenosa de Murphy, el idiota.

Vivimos con miedo a perder lo poquito que nos hemos atrevido a conquistar, a que nos lo quite ¿quién?. Porque nadie nos ha enseñado a pensar como dioses, a hacernos responsables de nuestra vida, a iluminarnos a nosotros mismos. Algo maravilloso nos sucede y enseguida lo protegemos hasta ahogarlo, hasta convertirlo en una simple foto en un álbum polvoriento, en un cadáver al que aferrarnos como un mendigo cuando estamos tristes y tenemos frío.

¡Ya basta! Si guardo un mal recuerdo de alguien lo enfrento, le llamo de inmediato, le propongo construir algo bello, transformando nuestro conflicto en una barca, en un puente, en un abrazo.

Si guardo un buen recuerdo deseo volver a ver a la persona para seguir profundizando en ese acto de creación mutua. Deseo tirar del hilo más y más. De par en par abro todas las puertas. Me la juego por entero. Siempre. ¡Qué placer! Si pierdo, convierto la pérdida en un tesoro. Si gano, sigo jugando. Y entonces des-cubro que no hay nada que perder ni arriesgar. Nunca. Al nacer ya gané todo cuanto uno, cuanto esta pequeñita identidad, este absurdo ego, puede poseer. Nuestra esencia, lo que somos, está a salvo siempre. Virgencita, quédate tú como estás; que yo iré siempre a mejor. Nunca fui un coleccionista.

El misterio está ahí. Es inevitable. La existencia es puro misterio. Pero el misterio no es eso que creemos conservar cuando jugamos, como niños aburridos, al escondite.

Una vez supe, nada más besar a una persona, que quería estar con ella de por vida. A pesar de todas las dificultades que nos esperaban. A pesar de arriesgar amistades y crearme enemigos. En ese momento así lo sentí. Nuestra vida como pareja terminó después de ocho años. Pero si entonces me hubiese querido quedar, por miedo, sólo con ese beso maravilloso y eterno, no arriesgarme a emprender una vida juntos pasara lo que pasara, me hubiese perdido una de las experiencias más bellas e iluminadoras de mi vida. Si hubiera metido la semilla en un cofre acorazado... el árbol no hubiese crecido y dado estos frutos de los que hoy también me alimento feliz. Todo se transforma en aliento divino si lo dejamos nacer, crecer, y morir.