Satori

Lewis Carroll, con una de sus hijas

Voy leyendo un libro en el metro. Entra una niña en el vagón. La miro porque escucho su voz despierta y alegre. Habla con su madre. Parece muy enfadada por algo que le ha pasado en el colegio. Me mira. Nos miramos. Siento que me dice algo imposible de decir. En ese momento se da la vuelta y comienza a mirar por la ventana. Al otro lado sólo hay una pared gris, llena de cables y mugre, que pasa rápido, pegada al cristal, como una película de pinturas abstractas. Se calla. Se concentra. Parece estar en trance mirando ese paisaje. Recuerdo que, de pequeño, cuando no tenía este libro aún entre mis manos, yo también lo hacía.

Lo hago. Cierro el libro y me pongo a ver pasar esa pared. Me concentro. Y, de repente, comienzo a llorar de alegría. No lo entiendo. No hace falta. Lloro. Y siento que mi felicidad se ha expandido aún más, ha conquistado una nueva profundidad. La niña se vuelve hacia mí y me mira tierna, como queriendo decirme algo imposible de decir. Le sonrío, y sigo leyendo.