

Enrique, mi padre biológico. Y "yo".Estas imágenes son importantes para mí, porque en ellas parece que no le tuviese miedo.
Y porque llevo una corona de laurel, símbolo del triunfo, en mi corazón.
¿Por dónde empezar para terminar? Digamos, por ejemplo, que me costó mucho tiempo desaprender a ser un niño bueno, desafiar todo cuanto de mí se esperaba, perder el miedo a dejar de ser amado por papá y por mamá. No sé cómo me di cuenta. No sé dónde encontré la fuerza. Si no lo hubiese hecho me hubiese acabado suicidando. Mi alma comenzaba a crecer y a reclamar atención, y llegó un momento en el que ya no pude mirar hacia otro lado. O me pegaba un tiro en la cabeza con la pistola de mi padre, o me vengaba. Así que, como soy muy curioso y me interesa la vida... grité, comencé a decir lo que sentía, arremetí contra todo lo que me rodeaba, di rienda suelta a todo el enfado acumulado desde el vientre de mi madre.
Fui concebido por dos niños pequeñitos. Una madre niña que idolatraba a su padre, bondadoso y omnipresente, y que para no desvancarle se emparejaba con niños. La siguiente pareja después de mi padre también era un niño que competía conmigo, obligándome a ser el hombre de la casa, y emparejándome así con mi madre. Una madre llena de miedo a la vida y que se desvalorizaba continuamente. Aunque gracias a ella, a su lucidez, a su amor por mí, pudimos separarnos de mi padre, dándome así la oportunidad de crecer sin miedo. Al menos mientras no le veía. De ella hablaré en otra ocasión.
Mi padre no sólo era un niño. Era un tonto, un paleto que se sentía inferior e iba por la vida mirando a todo el mundo por encima del hombro. Obsesionado por aparentar, y viéndome como un objeto -igual que veía al resto de personas- me hacía mentir y me disfrazaba con ropas caras para ir con sus amigos millonarios. De pequeño le habían torturado, y descargaba toda su rabia conmigo, golpeándome, humillándome, despreciándome, y burlándose de mí delante de otras personas. Me encogía y me extreñía cada vez que pasaba con él unos días. Me perseguía por toda la casa a ver si había dejado todo ordenado y limpio, exactamente como él me había explicado, y se enfadaba de muerte conmigo si me olvidaba de algo.
Tuve que matarle para no morir. Lo intenté de varias maneras. Al principio en mi interior. Creí que bastaba con darme cuenta de todo lo que no me gustaba, con saber que lo único que tenía claro en la vida era que no quería ser como mi padre. Le negué conscientemente. Y lo que sucedió es que, según crecía, comencé a desviar esa ira que no había enfrentado hacia gente a la que no correspondía, sobre todo hacia las personas que quería. A veces, cuando me enfadaba, me sentía capaz de partir el planeta en mil pedazos. Me veía a mí mismo igual que él se ponía conmigo, y me metía entonces en mi habitación a calmarme y a llorar. Al huir de él me convertía en él.
Así que decidí ser valiente. Desde pequeño me sentí especial, como si una civilización del futuro o extraterrestre me hubiese hecho nacer para arreglar algo. ¿Demasiadas películas? Quizás. Pero ese sentimiento me hizo enfrentarme a mi padre. Para no pagarla con nadie más... tenía que devolver mi ira a quien me la inoculó. Si quería cumplir con el cometido de mi alma, si quería realizarme, debía matar a aquel monstruo que parecía disfrutar aplastándome.
Aún recuerdo el día en que le hice frente. El día en el que dije: ¡Ya basta! Quiso callarme. Utilizó a su mujer y a sus hijos como escudo. Pero no me callé. Ya no podía. Le dije: "Esta vez vas a oirme. Vas a oirme hasta el final". Y tuvo que hacerlo. Fue empalideciendo. Se empequeñeció ante mí como yo hacía ante él. Lloró y al final me pidió ayuda y perdón. Allí estaba, intentando vampirizarme de nuevo, el niñito que me había robado la infancia, que me había obligado a ser el adulto que le protegiera y defendiera. Le dije que buscase ayuda, que yo no podía hacerlo, y además no quería. Como si me hubiese quitado un peso literal de mi espalda, me sentí ligero y fuerte por primera vez en mi vida, y me aparté dejándole sólo. Unos días después vino a buscarme para seguir hablando. Al final lo único que pude hacer fue abrazarle y perdonarle, y volver a dejarle sólo con todo aquello. Era su carga. No la mía.
Al alejarme, orgulloso y libre, me sentí también extrañamente triste. Tenía en mí el sentimiento de haberme vengado, de rabia satisfecha. Me sentía tranquilo al fin. Había hecho lo que él nunca se atrevió a hacer con su padre. ¿Pero había terminado con la maldición familiar? ¿Había marcado la diferencia? Me sentía como si desaprovechara algo, como si me faltase algo. ¿Era mi padre sólo un objeto, un obstáculo que superar? Al pedirme ayuda sentí en su interior el eterno conflicto entre el "bien" y el "mal". Sentí cómo luchaba por acercarse a mí, por comprender, por tener el valor. Y sin embargo yo me alejé pagado de mí mismo, regondeándome, ahora lo sé, en el mismo sadismo en el que él siempre se regodeaba. Había hecho algo que muy pocos seres humanos son capaces de hacer, ¿y qué? Ya tenía mi medalla. ¿Y qué? ¿De qué servían los escombros que había dejado atrás? Intuí lo que muchas tribus han sabido desde hace cientos de años: Al matar a alguien su espíritu te posee. O como decía Yoda: "El miedo lleva al odio. El odio lleva a la ira. Y la ira te conducirá directamente al lado oscuro". Años después, al estudiar psicomagia, entendí que todo acto destructivo, para que resulte benéfico, debe concluir con un acto creativo. Así que en los años siguientes me dispuse a realizar el más importante proceso alquímico que, en mi opinión, uno puede realizar con su "persona".
Hace unos días, enfadado y triste, comencé a escribir sobre todo lo que no me gusta en la vida. Enseguida me pregunté de nuevo: ¿Y qué? La mayor parte de la gente hace esto, se queja continuamente. Sé lo que no me gusta. No tengo ningún miedo a decirlo en voz alta. ¿Pero de qué me sirve, de qué sirve ya? ¿Qué mundo estoy creando prestando atención a ello? ¿Qué mundo quiero? ¿Quién decido ser? Todo esto me preguntaba durante años. Como tú... soy un ser único e irrepetible. De hecho, si mis padres no hubiesen sido quienes fueron, y si no me hubiesen concebido justo en el momento en que lo hicieron, "yo" no existiría tal y como ahora lo hago, ni podría ahora contar todo esto. Y me gusta existir. Me gusta en quién me voy convirtiendo. Me gusta la vida. Mucho. Cada vez más. No me canso de decirlo. Y puedo disfrutar de ella gracias a aquellos dos niñitos perdidos que se enamoraron y, torpemente, dejaron que el amor los utilizara. Porque hubo amor en aquel acto. Lo sé. Mi madre me lo hizo saber.
Empecé por plantearme: ¿Y si "yo" elegí a mis padres para encarnarme? Hay muchas teorías al respecto. Aunque puedes no aceptarlo como verdad... es una posibilidad, y psicológicamente lo cambia todo. No les quita responsabilidad a ellos, pero a la vez la pone totalmente en mí. Me convierto entonces en el creador de mi propia vida, que es el verdadero poder. Y dejo de patalear por todo cuanto me hicieron, por todo cuanto no supieron darme. Esa visión me hizo aceptar a mi padre aquí dentro, abrirme a él, verle, abrazarle con todo mi corazón. Por entero. Había tapado todo cuanto de él había en mí. Yacía dormido, vencido, pero estaba. Comencé a reconocerlo poco a poco, a hacerme amigo de esa parte, a despertarla a drede para explorarla y hacer las paces con ella. Dejé de matar al padre. Lo integré y avancé.
Algunos experimentos recientes han demostrado cómo los genes aprenden, y cómo incluso se pueden cambiar. Enseña a un mono alguna habilidad nueva y, sorprendentemente, esa habilidad se transmitirá genéticamente a su descendencia sin necesidad de enseñársela. "Yo" tenía esos genes. Ahora podía realizar con ellos mi obra de arte. Podía transformarlos. Podía darme a mí mismo lo que nadie me dió, convertirme en mi propio padre. Si todo "pecado" es el reverso de una "virtud"... puedo transformar la maldición en una bella oportunidad para hacer evolucionar la especie. No tenía por qué repetir nada de cuanto mi padre hacía, pero sí podía aceptar el latido de todo eso en mí y darle un uso distinto, vivirlo de forma distinta, o como dicen los genetistas: cambiar la expresión de mis genes, sanarlos. Lo que mi padre me dejó solamente era materia prima. No era un destino. Todo lo que él utilizaba contra los demás o contra sí mismo, por ejemplo, "yo" podía aprender a utilizarlo a favor de los demás y de mí. Crecemos a partir de unos genes, pero nosotros podemos hacer evolucionar esos genes, enseñarles. Si los rechazamos nos perdemos un abanico inmenso de potencialidades que la naturaleza ha querido que tuviésemos. Por muy atroces que nos parezcan. Por muy "feos" o "poco importantes". "Encuentra el diamante en el loto", rezan los budistas. El loto es una flor bellísima que nace en el fango.
Mi padre ya va conmigo para siempre. Es uno de mis muchos aliados. Dentro de poco me encontraré con él físicamente después de diez años. Tengo algo pendiente aún. Quiero ponerle un precio a todo cuanto me hizo, pedirle algo a cambio. Así él tendrá la oportunidad real de hallarse en paz conmigo. Y aunque quizás no me entienda también quiero agradecerle sus genes y su esperma.
La verdadera bondad no puede ser la excusa del miedo y la debilidad. Para practicarla uno debe saber ser un niño malo de cara a los demás. Y sobre todo... para ayudar a alguien, uno debe ser consciente de su poder destructor. Un día destruí a mi familia entera. Y gracias a ello sobreviví, y ahora puedo hacerle un sitio en mi corazón. Un día asesiné a mi padre. Y gracias a ello aprendí el poder de resucitarlo y amarlo. No por lo que "él" es. Siento por su persona no más de lo que siento por cualquier ser humano. Sino por lo que "yo" soy.
Como la mayor parte de la humanidad ahora mismo, fui hijo de dos seres educados para no reconocer ni vivir su propia grandeza. Pero estoy aquí. Vine a través de ellos. Y he decidido educarme a mí mismo y marcar la diferencia. ¿Marcamos la diferencia?
Como dos bordes de una herida
uno a mi padre y a mi madre.
(A. Jodorowsky)
Matar al padreHe tenido ganas de destruir también este blog. No lo haré. Cansado y desilusionado por otros motivos, he estado a punto de cometer el acto narcisista de desaparecer. Así que simplemente me despido y lo abandono intacto. Como un regalo que cualquiera pueda recoger. ¿Me des-ilusioné? ¡Bien! Eso me sucede por caer en la trampa de la ilusión. Tendré que des-ilusionarme del todo. ¿Me cansé? ¡Bien! Ahora puedo des-cansar. Quería agradeceros todos y cada uno de vuestros comentarios y mensajes personales. Muchas veces me emocionaba leyendo cómo algo de lo que había escrito os había ayudado. A mí también me habéis ayudado. No sabéis lo importante que ha sido para mí este año y medio compartiendo con vosotros algunas de las pócimas que he ido encontrando en el camino, sentir vuestra compañía, aprender a expresarme a través de cómo vosotros me recibiáis. Incluso cuando alguien me increpaba o no estaba de acuerdo conmigo... ha sido maravilloso saberlo. Todo, absolutamente todo, me ha sido útil. Gracias sobre todo a mi amigo Alejandro, que me acogió en su centro espiritual, donde me inspiré para comenzar este manual, y donde recuperé la pasión por escribir.
No me gustan las medias tintas. Y una de mis palabras preferidas es "ahora". Por eso me gusta cerrar las cosas que no existen en el ahora. Y a este blog le llegó su hora, igual que a este "yo" que se despide. Tengo que terminar lo que ya está terminado para poder nacer en otra dimensión. Por otra parte, como reza el zen: "Nada empieza. Nada termina". Así que, aunque volviera a escribir para vosotros mañana mismo de nuevo, me despediré claramente, como un samurai: Adiós, amigos. Namasté. Nada de funerales. Una fiesta, por favor.



























































